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Los acontecimientos se precipitan en los últimos días, muchas veces a golpe de telediario. Salen los integrantes de La Manada de prisión, a la espera de que se resuelva su apelación y queden definitivamente condenados o absueltos. Los medios, más invasivos que nunca gracias a las nuevas tecnologías, nos cuentan vida y milagros de estos cinco individuos fuera de la cárcel: que si van de vacaciones solos o acompañados, que si los reconocen y cómo reaccionan, que si sus vecinos justifican (o no) sus acciones…. Mientras tanto, la alarma social generada por su puesta en libertad se traduce en movilizaciones en la mayoría de las ciudades, así como actos de protesta enlazando ya con el segundo aniversario de los hechos por los que fueron condenados en las fiestas de San Fermín.

Al mismo tiempo, coincidiendo con las fiestas de San Juan, tenemos noticia de varias agresiones sexuales, en las que acaban detenidos once varones, algunos menores de edad. Cinco de las agredidas también lo eran. En un caso concreto, los agresores se hacen llamar “La Nueva Manada”. En otro, parece que la agresión fue perpetrada en una playa, no ya ante la pasividad de otros jóvenes, sino incluso entre jaleos y vítores. Más carnaza para los medios. Ya tenemos tema para el verano.

Es evidente que las agresiones sexuales no empezaron ayer. Lo que pasa ahora es que pueden ser mucho más conocidas a través de los medios, son grabadas en teléfonos móviles, compartidas en grupos de WhatsApp, viralizadas en la red, objeto de consumo. Hoy en día. una víctima de violación no solo tiene que pasar por la terrible espiral de agresión-denuncia-investigación-juicio, sino que se ve expuesta, en caso de ser grabada, a que esa agresión sea un vídeo porno más de consumo de jóvenes y adultos, mil veces reproducido para morbo de terceros. Por no hablar, como es el caso de La Manada, que la agredida vea su nombre, dirección y fotografía colgado en la red para que las otras manadas, las de los que les gustaría emular a los cinco de Pamplona, la destrocen con críticas feroces.

Es un tópico decir que vivimos en sociedades enfermas, pero es un tópico que en gran medida es real. Posiblemente siempre fue así, pero ahora se nota más. Cuando en 1889 Jack el Destripador sembraba el terror en las calles de Londres la policía británica recibía cientos de cartas anónimas de individuos (incluyendo muy respetables amas de casa) que se hacían pasar por el famoso asesino en serie para contar lo que en su imaginación les gustaría hacer a aquellas desdichadas víctimas. Lo hacían, evidentemente, porque pensaban que nadie iba a saber realmente quiénes eran. Lo hacían porque se creían impunes. Detrás de la máscara pequeñoburguesa de corrección y flema, como a la Inglaterra victoriana le gustaba mostrarse al mundo, había no pocas mentes perturbadas, encantadas de emular, aunque solo fuera sobre el papel, al destripador de prostitutas de Whitechapel.

Quizás esto nos demuestre que en el alma humana hay rincones muy oscuros y que la diferencia con la actualidad es que disponemos de más medios técnicos para satisfacer los bajos instintos. Es posible que sea así, pero no creo que esa sea la única explicación. El problema, a mi modo de ver, es que en la red encontramos toneladas de material para consumir las 24 horas del día que normalizan ese comportamiento. Es la llamada cultura del porno, que hace ver como normal lo que no lo es, en tanto que presenta -muy mayoritariamente- un tipo de sexualidad bastante alejado de la realidad, donde la mujer es simplemente una muñeca hinchable animada cuya única función es satisfacer sexualmente al varón, y donde no hay práctica, por humillante que sea para las mujeres, que no aparezca para deleite del consumidor masculino y heterosexual.

La generación de los millennials se ha criado así, con una ventana permanentemente abierta a ese mundo que se presenta como real. El resultado es una visión muy distorsionada de la sexualidad, en la que el único objetivo es el placer y la visualización del poder masculino. Si aprendemos lo que es la sexualidad a través del porno en la red, y no a través del sistema educativo, la visión que podemos tener de la realidad es tan falsa como peligrosa. Debería ser obvio que la inmensa mayoría de las mujeres no están ansiosas de tener sexo en grupo, ni de que les hagan un bukkake, ni se presentan dóciles y complacientes a la llamada del macho alfa. Cuando la realidad choca con esa visión equivocada, siempre hay quien intenta forzar a la realidad. Aparece entonces la cultura de la violación.

Ahora bien, sería erróneo pensar que la violación es hija exclusiva de la cultura del porno. Las agresiones sexuales existen desde mucho antes de que existiera la pornografía de consumo masivo. La violación es hija, fundamentalmente, del machismo que sigue presente en lo más profundo de la sociedad. Y es, también, hija del déficit educativo. Las sociedades del capitalismo desarrollado, que reducen cada vez más al ciudadano a la condición de consumidor, de individuo aislado cuya única meta es satisfacer sus caprichos sin pensar en nada ni nadie más, nos llevan a sociedades cada vez menos empáticas. Al romper los lazos comunitarios, al fragmentar las identidades colectivas en puras identidades individuales, dejamos de pensar en términos colectivos. Del “nosotros” al “yo”. Del “yo” a “mi” satisfacción personal. La satisfacción personal como derecho. A cualquier precio. A costa de cualquiera. Incluso de su dignidad.

Mucho hay que cambiar en las condiciones materiales de una sociedad para que aprendamos a pensar en términos colectivos, de ponernos en la piel del otro, del respeto a los demás, de su reconocimiento como iguales. La solución a la cultura de la violación no es, desde luego, prohibir el porno en la red, sino educar en una sexualidad sana y, por lo tanto, real. Que los demás existen por sí mismos, no para complacernos. Que son nuestros iguales, y por lo tanto, merecen igual respeto y consideración. En definitiva, la famosa máxima, mil veces repetida en todas las épocas y latitudes, de “no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”.

Silvano