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Acabamos de celebrar el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Las calles de muchas de nuestras ciudades se han llenado de hombres y mujeres pidiendo la igualdad entre los géneros, con una gran repercusión en los medios. En España ha sido una fiesta, sin olvidar por supuesto su carácter eminentemente reivindicativo. Hace un año se produjo “el estallido” de esta conmemoración, que sin embargo llevaba muchos años teniendo lugar. En el segundo año la pregunta era: ¿tendrá la convocatoria tanto éxito como en 2018? ¿Se producirá un “pinchazo”, convirtiendo la enorme manifestación del año pasado en una (muy positiva sin embargo) anécdota?

Pues bien, no ha sido así. No sólo se ha repetido el éxito de la convocatoria, con manifestaciones en cientos de ciudades españolas, sino que en muchas otras ciudades de Europa y del mundo los ciudadanos y ciudadanas han salido a la calle para reivindicar que la mitad de la humanidad no tenga menos derechos que la otra mitad. Han sido manifestaciones en las que han marchado juntas mujeres de tres y hasta cuatro generaciones; las más jóvenes con entusiasmo y beligerancia, las mayores tal vez con cierto hastío e impaciencia por tenerse que manifestar (¡otra vez, otro año, otra década!) por la igualdad de derechos.

Se ha hecho mucho, pero queda aún muchísimo más por hacer. Queda, por supuesto, en los países en los que las mujeres no tienen una igualdad de derechos ni siquiera legal o formal, países en los que pasan de la tutela del padre a la del marido, sin derecho a la autonomía personal o a la propiedad, en la que existe la poligamia, en los que ser viuda implica no tener para vivir ni para dar de comer a los hijos… países en los que incluso se las mutila en aras de alguna horrenda tradición. Y desde el primer mundo no podemos olvidar a estas mujeres, porque la lucha de la mujer es la lucha de TODOS por la igualdad de TODOS. Porque es una lucha a la que están llamados los hombres también.

Los masones tenemos como horizonte la consecución de un mundo en el que todos los seres humanos puedan alcanzar la mayor cota de justicia y felicidad posible, iluminados por la máxima de “Libertad, Igualdad, Fraternidad”. Y esto sería de todo punto imposible sin lograr una absoluta igualdad entre los géneros. Por supuesto que se me argumentará que los masones “tradicionales” (a ellos les gusta llamarse “regulares”) sólo admiten en sus logias a varones. Esto tiene explicaciones de todo tipo, fundamentalmente históricas, que no nos corresponde a nosotros realizar. Existen otras Órdenes masónicas que, habiendo nacido exclusivamente masculinas, con el tiempo fueron abriéndose a la iniciación de mujeres, y ahora esto es algo natural en ellas.

Pero la Orden Masónica Mixta Internacional El Derecho Humano  (OMMI) nació precisamente para ser mixta. A finales del S.XIX, cuando se iniciaba alguna que otra mujer “de tapadillo” en logias masculinas, y eran expulsadas en el momento en que el hecho se daba a conocer en las altas instancias, Marie Deraismes, junto con Georges Martin fundaron en París nuestra Orden Masónica. Y a partir de la existencia de esta primera Orden Masónica que iniciaba mujeres de forma pública y en logias mixtas, se fueron propagando distintas Órdenes masónicas femeninas a lo largo del mundo.

Marie fue una destacada pensadora francesa, periodista, conferenciante, escritora y pionera de la defensa de la igualdad y los Derechos de la Mujer y del Niño. En 1869 fue cofundadora del periódico Le Droit des Femmes en Paris. En 1881 fue copropietaria y codirectora del periódico El Republicano. En 1882 fundó la Liga Francesa por el Derecho de las Mujeres. En 1983 fue cofundadora junto a George Martin de Le Droit Humain.

Con enorme brillantez intelectual e impecables razonamientos, consideraba ya entonces que la inferioridad de las mujeres no es un hecho de la naturaleza, y que la inferioridad legal no está basada en ninguna ley natural sino que resulta de la intervención masculina. Defendía el voto femenino; la reforma de las leyes injustas, sobre todo las que guardaban relación con la familia; la ampliación y laicización de la educación femenina; la dignificación de la imagen de la mujer en la ficción; la mejora de la situación de las mujeres proletarias; el drama social de la prostitución y la necesidad de su abolición. Como se puede ver, asuntos casi todos ellos de enorme actualidad y que aún no han sido satisfactoriamente resueltos. Su celebridad fue tal que al año de su fallecimiento se rebautizó una calle de París con su nombre y cuatro años después se erigió una estatua de bronce en la que queda inmortalizada como conferenciante a diferencia de las estatuas de la mayoría de mujeres de la época, habitualmente sentadas y con libros en la rodilla.

El nombre de “El Derecho Humano” que dieron a esta nueva Obediencia se refería precisamente a que ese derecho a la vida y a la libertad debía amparar A TODA LA HUMANIDAD. En uno de sus últimos discursos señaló el camino para todos los masones y masonas de El Derecho Humano, remarcando que el futuro son los hombres y las mujeres trabajando juntos por la justicia y la felicidad de toda la humanidad, además de instándonos a mantenernos fuertes en nuestra unión, muy amenazada entonces:

No permitáis que se rompa nunca vuestra cadena de unión. No olvidéis que la puerta del Templo debe permanecer abierta. La masonería que se ha practicado hasta ahora pertenece al pasado. Practicad la masonería del futuro. Os dejo el Templo inacabado. Buscad entre sus columnas el Derecho de la Humanidad.

Redacción Voces