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Ya desde el principio, a los pocos meses de ser iniciado,  mi percepción fue que la principal diferencia entre un masón y un profano estriba en el método elegido para el perfeccionamiento personal y social. Sin duda, aunque haya otras percepciones, parece claro que el método es una de las mayores diferencias, ya que las personas de buena voluntad, sean o no masonas, buscamos en la vida y para la Humanidad objetivos más que similares. Y ésta es una de las claves, que sostengo igual después de años trabajando en masonería, del camino masónico: su carácter iniciático, que hace que se avance de un modo no completamente consciente, como, por otra parte, en realidad sucede con todo aprendizaje. Uno comienza a gatear hasta que un día se encuentra andando; así se aprende a nadar o a montar en bicicleta, a hacer el amor o a crear una familia, a asumir responsabilidades, a escribir o a crear un cuadro, un poema, una idea que nos ha sobrevolado y envuelto durante un tiempo indefinido hasta que de repente, inusitadamente, se desvela en toda su intensidad. Sí, hemos sido nosotros, y es fruto de nuestro trabajo y perseverancia, de nuestro aprendizaje y observación, pero el sistema por el que llega a hacerse realidad es más complejo, cuenta con la colaboración de fuerzas externas a uno mismo, en este caso, de los hermanos reunidos en logia y la fuerza que así se forma y se comparte.

Aquí radica, acaso, una posible diferencia entre el masón y el profano. Nada más, seguramente, nos diferencia, ya que los seres humanos somos todos iguales, y en nada realmente cualitativo se puede diferenciar un masón de un profano. Unos ritos, un mandil, una serie de símbolos que para nosotros son tan importantes, no tienen que serlos necesariamente para otros, acaso mejores que nosotros, que desconocen nuestro sistema de perfeccionamiento o que libremente eligen no asumirlo como propio.

No podemos caer de todas formas en el error de creer que todos optamos en la vida por un camino de perfeccionamiento: muchos no lo hacen, y menos en los países desarrollados, en esta sociedad de consumo, en donde los valores que priman son muy otros; o en los países más pobres en los que la propia supervivencia prima sobre otras necesidades.

También están los egoístas que deciden no emprender este camino, ni en bien de uno mismo ni en el del prójimo, aún pudiendo hacerlo. Aquí sí que considero que los masones nos diferenciamos de aquellos que solo buscan el lucro, beneficios personales o los de su propio grupo, aunque no necesariamente sea en detrimento de otros. Un masón que no se limite a someterse a un ritual entiendo que tiene el camino iniciático de perfección como método y la perfección como objetivo, el convertir la piedra bruta en pulida, en construir el templo que es uno mismo y es la humanidad, y esto es una diferencia cualitativa frente a los que no quieren o no creen en el progreso personal y en el de todos los seres humanos.

¿Por qué ser masón, por tanto? Porque algunos pensamos que este es nuestro camino, que es el papel que nos toca jugar para sentirnos bien y ser útiles, para ser mejores y contribuir a que nuestros semejantes y nosotros mismos progresemos. ¿Por qué otros, que comparten objetivos, no son masones? Múltiples son las razones, y no creo que sea aquí el sitio ni yo el más indicado para catalogarlas. Solo me permitiría reflexionar sobre una frase que he oído con frecuencia: “hay muchos masones sin mandil y muchos con mandil que no son masones”, o frases similares. Es verdad, seguramente, en cuanto a objetivos, y también en cuanto a actos,  en lo que al mundo profano se refiere. Masones sin mandil serían aquellas personas que coinciden con los masones en su sentido ético y moral, en sus objetivos y modos de acceder a ellos, aunque no compartan los rituales ni las fases iniciáticas. Por otro lado, un mandil sin masón es alguien que, aunque recibido como masón, no va más allá de realizar unos rituales y expresarse en un lenguaje que puede ser críptico para otros, pero que no cumple con el camino que todo ello implica, que no trabaja su piedra bruta ni se esfuerza en avanzar en el progreso de la humanidad. Y hay también, claro, y agradezco la ventura de haberlos conocido, masones con mandil, que comparten los ideales y el esfuerzo de los que carecen de él, y entre los que me honro en sentarme para poder, poco a poco, llegar a ser uno de ellos.

Ello no obstante, valga como apostilla final, no considero que todos los seres humanos deban ser masones con mandil: somos unos de otros muy diferentes y hay una pluralidad de caminos a nuestra elección, e incluso se podrían crear otros nuevos. Algunos, como yo he descubierto, creemos que esta vía puede ser útil para nosotros y que en ella podemos ser más útiles a los demás. En esta vía he decidido personalmente situarme.

Cobra.·.