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Desde hace más de veinticinco años, se ha producido una irrupción de la lingüística del texto y de la pragmática en los programas de enseñanza. El auge de la expresión oral y escrita en las aulas persigue que los alumnos aprendan a desarrollar su capacidad de manifestar su opinión como una dimensión esencial del desarrollo académico y profesional. Los profesores y especialistas en didáctica de la lengua queremos que nuestros alumnos sepan hablar y escribir de manera efectiva, que sean ciudadanos con capacidad asertiva y capacidad de intercambio de ideas.

En nuestro entorno, el debate de ideas, la capacidad de contrastar la opinión propia con la del otro, la capacidad para el diálogo, son esenciales. Sin embargo, la sociedad está llena de ejemplos de lo contrario. Es fácil encontrar en la televisión debates políticos o debates de actualidad en los que encontramos todos los errores que no deben caracterizar el intercambio oral; así, vemos que no se respetan los turnos de intervención, se emplean falacias como argumentos, se recurre al argumento ad hominem, cuando no a la descalificación y al insulto. Si no gusta el punto de vista ajeno, se acusa al otro de machista, feminazi, facha, rojo, sectario, fascista, pijiprogre… La sociedad se está contagiando de esa actitud y cualquier debate de ideas puede acabar en proclamas y descalificaciones.

La masonería, en mi experiencia de estos años, es una escuela maravillosa para el debate. Por dos razones: la primera razón es su tolerancia y la búsqueda de consensos. Todas las ideas son válidas, todas las creencias religiosas, todas las ideologías políticas. Y, además, se procura buscar afinidades. La segunda razón es que enseña un método de debate: se parte de un documento escrito con sosiego y documentación, al que luego, con riguroso respeto al orden de intervención se aportan libremente ideas que buscan matizar y contra-argumentar. Al final, en muchas ocasiones se realiza una síntesis de las ideas expuestas y, si procede, una votación cuando se decide sobre algún tema.

La masonería ayuda a sus miembros a debatir, a evitar la radicalización y a buscar el bien común. Fue la escuela del parlamentarismo tal y como lo conocemos hoy. Y aún tiene mucho que aportar. Cuando algún conspiranoico afirma que muchos políticos pertenecen a la masonería, pienso que ojalá fuera así. Si hubiera políticos en las logias, la calidad de los debates políticos sería mucho mayor que lo contemplado en la sociedad de nuestros días.

Demian