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La masonería es una vieja escuela iniciática que tiene como misión la mejora y la transformación de la sociedad, partiendo de nuestra propia mejora y transformación interna y de su reflejo en nuestra interacción con el entorno inmediato: familia, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, para extenderse después a todo el ámbito social y humano.

Y para ello nos propone una serie de herramientas basadas en símbolos y ritos que estimulen nuestro libre pensamiento y una interpretación personal, útil y desprovista de tópicos.

Pero entre ellas hay una que, para mí es imprescindible: el silencio.

El silencio es tal vez el mejor apoyo para romper el automatismo y reactividad de nuestros pensamientos, de nuestras palabras y de nuestros actos, que nos mantienen y nos reafirman en nuestra vieja vida y personalidad.

Empecemos por los pensamientos. Ellos son la base de nuestra interpretación del mundo, son los padres de nuestras voces y comportamientos. Nuestros pensamientos son hijos, a su vez, de toda una vida de alegrías, sufrimientos, ilusiones, decepciones, derrotas y victorias. Nos han defendido y herido, son nuestros mejores aliados y, a la vez, nuestro mayor enemigo.

Parar, pararlos, someterlos al escrutinio de la razón y de nuestros principios rectores en la vida, seguramente, es el primer paso, y no es fácil; nos va a llevar toda la vida.

Romper nuestro ego parece que es romper nuestra propia identidad; sin embargo, es todo lo contrario. De ahí saldrá la mujer nueva o el hombre nuevo, capaz de basar su vida en el amor y la tolerancia, de unir y armonizar posturas contrarias, buscando lo que es común en lo que se manifiesta mediante la polaridad, capaz de escuchar y, por lo tanto, de entender, y, por ello, de actuar con justicia y libertad.

Los pensamientos son la base y las palabras suelen ser su primera manifestación. Razón por la que la masonería cuida de forma muy explícita su expresión mediante el silencio y la ritualización de su uso en las Tenidas (como llamamos a nuestras reuniones rituales).

La expresión verbal de nuestras posiciones tiene una fuerza aún mayor en la fijación de las mismas y nos sirven también para analizar si la masonería nos ha transformado o seguimos siendo el mismo o la misma que llegamos y que nuestras palabras, aunque se hayan arropado de una serie de léxicos masónicos, siguen o no expresando nuestra misma visión del mundo: dogmas, dualidades, deseos de vencer, de tomar protagonismo.

No es difícil encontrar que nuestras conversaciones se centran más en descubrir y difundir los defectos de otras personas, incluso hermanos, o en los errores de otras posiciones ideológicas, en vez de analizar cuáles siguen siendo nuestras limitaciones, nuestros impedimentos para desarrollarnos y crecer, los lastres que tienen nuestras convicciones y organizaciones para conseguir sus objetivos.

Atacar y defenderse: pocos indicadores son mejores que estos para darnos cuenta de que seguimos presos de nuestros metales (de la carga que nos obstaculiza el camino).

Y todo esto se traduce en actos, si somos libres de pensamiento, si cuidamos nuestras palabras, si escuchamos y analizamos basándonos en la razón y nuestros principios. No creo que seamos serios, engolados, pomposos y mucho menos recelosos y murmuradores, Creo que, cada vez más, la humildad, fruto de la igualdad, irá creciendo en nosotros y la alegría, la paz y el amor serán el fruto de la sabiduría, la fuerza y la belleza de nuestros trabajos internos y externos.

Juan de Mairena