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Quiero empezar hablando, pese a tomar al psicoanálisis con un gran escepticismo, del “Estadio del Espejo” de Lacan y su relación con el estereotipo según Homi K. Bhabha, por ser un tema que se presta enormemente a la reflexión personal de cada uno y seguramente a cambiar a muchos la forma de ver las cosas.
Lacan sitúa este estadio entre los 6 y 18 meses de la persona, y se corresponde con los primeros momentos en los que nos contemplamos en el espejo y somos capaces de reconocernos y ver nuestra imagen completa, pues antes sólo podíamos contemplar nuestros miembros de forma incompleta. El niño estalla en júbilo, en éxtasis, y comienza la formación del yo como algo físico, separado del otro. Esto disminuye la angustia de separación materna/paterna.

Para ello necesitamos a otro, un papel que suele cumplir la madre como modelo inicial con el que nos identificamos y a quien deseamos imitar. Pero con el tiempo, comienza la extrañeza. Porque somos yo, pero a la vez somos otro. Nos vemos fuera de nosotros mismos y sentimos engaño y enajenación.
Pero entonces, y aquí viene la aportación de Bhabha, surge el estereotipo, cuando al ver nuestra imagen, a la vez que nos reconocemos en ella, nos aliena, nos hace sentirnos otro, diferentes. Reaccionamos con deseo y temor, que transformamos en narcisismo y agresividad. Con el estereotipo manifestamos la diferencia con el otro y a la vez renegamos de ella. Al ser el otro el loco, el enfermo, el ignorante, nosotros somos el cuerdo, el sano, el sabio.

Este estereotipo es ambivalente, pues no solo tiene su raíz en el temor y el deseo a la vez, sino que siempre es fijo, no cambia, y a la vez decimos de él cosas contradictorias. Este estereotipo no tiene pruebas, e incluso pervive pese a las pruebas que lo contradigan.

Pero no debemos echar la culpa al espejo, sino al cobarde que teme lo que pueda decirle y se calma estereotipando, impidiéndonos ver la realidad. Pero profundicemos ahora, yendo un poco al mundo masónico. Porque en el contexto en el que los masones trabajamos, aves se descubren momentos en los que decimos o pensamos que el espejo nos muestra a nuestro enemigo, a nosotros mismos. Es decir, por si no tuviéramos bastante con lo anterior, seguiremos buscando a ese enemigo en nosotros.

Ante esos complejos que surgen, algunos reaccionan mostrando un ego que les ciega, que les impide aprender, pues se creen que lo saben todo o que los demás no tienen nada que enseñarles. Otros, con lo contrario. Una baja autoestima que les inhibe, bloquea e impide avanzar o les lleva a la agresividad por culpar al otro de ello.

Pero casi siempre se unen y ese ego nos esconde una baja autoestima y dolor que no queremos abrazar, por lo que intentamos sobrecompensarlo. Ese ego que ralentiza nuestro aprendizaje y nos dificulta avanzar, que nos da una perspectiva distorsionada de la realidad. Ese ego que nos hace pensar más en qué decir y hablar que en escuchar al otro. Ese ego que crece hasta aplastar a los demás y a nosotros mismos, que encubre nuestros vicios y es uno de los peores de ellos.

Por eso debemos buscar nuestro hilo de Ariadna, armarnos de valor y penetrar en el laberinto. Debemos entrar solos, para evitar la tentación de usar al otro para protegernos, de huir en sus defectos de los nuestros, e inmortalizar al monstruo. Con la espada mágica o espejo debemos matar al minotauro. Y no sorprendernos cuando ese minotauro nos devuelva nuestra propia imagen, pero a la vez otra. Pues será la imagen de nuestro antiguo yo, con vicios ocultos, con un ego incontrolado y una cabeza animal, simbolizando la incapacidad de nuestra razón de dominar los impulsos de nuestro cuerpo o de calmar el dolor de nuestro humano corazón.

Por último, sugiero leer el siguiente cuento de Borges “La casa de Asterión” (Asterión era el nombre del minotauro), con la perspectiva de nuestro minotauro, por si somos capaces de vernos reflejados en él:
“Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo, hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.

El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Loas enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos.

Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al susuelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.

No sólo he imaginado eso juegos, también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes, la casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris, he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.

Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor, Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?
El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.“
Ariadna