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Creo que no desvelo ningún secreto masónico al recordar que el mayor enemigo de cada uno/a de nosotros/as somos precisamente nosotros/as mismos/as, de igual modo que el mayor enemigo de un/a masón/a es y será siempre otro/a masón/a. Es decir, nuestro enemigo es nuestro yo, ya sea propio o ajeno (luego explicaré esto); ese que permanece oculto y durmiente, pero que a la vez tenemos perfectamente identificado en nuestra conciencia, encadenado a nuestras pasiones. Ese alter ego que sabemos puede despertar en cualquier momento si no estamos vigilantes, si no perseveramos…

Prácticamente en estas pocas y simples ideas se resume la pertenencia a la Francmasonería ya que, de un modo u otro, es el deseo último de convertirse en mejor persona el que hace que un/a profano/a llame a las puertas del templo. Y en todo ese proceso el espejo tiene una importancia crucial, a pesar de que la mayoría de las veces no logramos más que arañar débilmente su superficie, más por cobardía y autocomplacencia que por desconocimiento…

Estamos acostumbrados/as a mirarnos al espejo en busca de imperfecciones, ya sean físicas o morales (que todo buen espejo también las detecta), y no nos damos cuenta de que esas oscuridades las vemos precisamente porque en nosotros/as existe un mínimo rayo de luz. De igual modo, cuando vemos los errores de nuestros semejantes deberíamos recordar esta alegoría y buscar los aspectos positivos de cada cual, que sin duda los hay y que son la clave para que podamos ayudar a esa persona a pulir su propia piedra. Por eso el espejo, como símbolo, supone todo un mensaje de esperanza y superación… Puede sonar inocente, incluso pueril, pero a mi parecer es pura ciencia aplicada a la conducta humana. De siempre se ha dicho que se debe predicar con el ejemplo, no con las palabras. Por sus obras les conoceréis, reza otra máxima sabida por todo/a masón/a… Y es que todos/as nosotros/as somos a la vez piedra y cantero/a, espejo y reflejo. La dualidad está en nuestro ser y del mismo modo que nuestros semejantes son un espejo donde mirarnos, así nosotros/as también debemos ser espejo para ellos/as, lo que nos lleva a nuestra obligación moral para con la sociedad, máxime siendo masones/as como solemos decir orgullosos/as que nos reconocen nuestros/as hermanos/as.

Al principio de este breve artículo hablé de que el verdadero enemigo es nuestro otro yo, ya fuera propio o ajeno. Y con esto me quería referir al hecho de que tenemos dos formas de conocernos a nosotros/as mismos/as: mirando en nuestro interior o buscándonos en nuestros semejantes. Y en ambos casos el enemigo seremos siempre nosotros/as mismos/as, ya que en nuestros semejantes veremos no nuestros defectos, como muchos/as defienden para obviar su deber de denuncia y corrección al/a hermano/a, sino aquellos que pueden llegar a convertirse en nuestros defectos si no estamos alerta; es decir, ese otro yo en el que nos podemos transformar. A menudo comprobamos cómo los grupos humanos y, por ende, las logias, se convierten no en un juego de espejos armónico, prácticamente simétrico, sino en todo un laberinto en el que predominan los metales y las impurezas humanas… Celos, envidias, intolerancias, desprecios, mofas, estafas, ansia de poder… Todas estas bajas pasiones rompen en pedazos el espejo que todos/as deberíamos ser para los demás, traicionando nuestra propia conciencia que, a fin de cuentas, es el único espejo verdadero donde cada cual nos miramos en última instancia, y destruyendo todo el edificio que con tanta fragilidad construye la fraternidad que decimos profesar. Y ahí radica la importancia de la perspectiva para contemplar la obra desde otro punto de vista que nos permita diferenciar con mayor nitidez las aristas, ángulos y juegos de luces y sombras que nos rodean. El/la masón/a debe moverse, no quedarse estático ante su propia imagen narcisista, sino experimentar, viajar, arriesgarse, fracasar y buscar nuevos espejos donde encontrar ejemplos dignos de ser seguidos y compartidos, porque la masonería debe ser ese espejo donde se refleje la sociedad, no al contrario como a veces sucede para justificar nuestra negligencia en la defensa de los ideales masónicos. Nuestra orden no debe amparar los mismos defectos y errores que presenta el mundo profano sino que debe trascender y superarlos puesto que de ello depende el progreso de la humanidad para todo/a masón/a. Ningún/a masón/a tendría que rehusar su deber de ser ejemplo para sus semejantes; pero no como esa religión del éxito que tanto se promociona desde determinadas formas de masonería, donde el/la masón/a es un hombre o mujer de éxito, que disfruta de una buena posición y que entiende la orden como un entretenimiento más, sino un ejemplo de tolerancia, librepensamiento, fraternidad y entrega, por humilde que sea quien las ponga en práctica y por reducido que sea el escenario donde lo haga. Solo así evitaremos mentirnos a nosotros/as mismos/as cuando nos veamos reflejados en los/as demás, haciendo que nuestra Orden recupere la posición e importancia que desde su origen siempre tuvo en el desarrollo humano. ¿O acaso esperamos ser mejores solo por el hecho de ser masones/as? Seamos serios/as y démosle un significado profundo y sincero a nuestras obras y juramentos o de lo contrario nuestro reflejo de cara a la sociedad será una triste parodia hipócrita, por muy sonrientes que nos veamos frente al espejo…

Gottlieb Giennium

Maestro Masón

El olivo y la acacia (Jaén)