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El objetivo principal de la masonería, como nososotros la entendemos, es, el autoperfeccionamiento y el progreso de la humanidad. Esto convierte al concepto “progreso de la humanidad” en un tema principal de debate, tanto entre masones como entre personas que se interesan por esta institución.

Porque, sin duda, hay muchas formas de ayudar al progreso de la humanidad. Existen ONG, partidos políticos y asociaciones desde las cuales se puede participar para fomentar ese progreso. De hecho, muchos masones y masonas ejercen un papel activo en algunas de las citadas organizaciones.

Pero la masonería no es ninguna de estas cosas, y sería un peligro confundirla con alguna de las mismas, pues, aunque la función de estas es muy relevante, una de las primeras enseñanzas de la masonería es la necesidad de utilizar las herramientas apropiadas para obtener los resultados deseados. No resultaría, por ejemplo, muy apropiado ni ético utilizar una ONG meramente con fines políticos.

Por ello, es esencial saber lo que diferencia específicamente a la masonería y qué método emplea para el progreso social. Para mí, un punto clave es la búsqueda del autoperfeccionamiento. Todo el mundo conoce la frase que dice que para cambiar el mundo debes empezar por ti mismo. Porque, en mi opinión, la forma más importante que tiene la masonería para cambiar el mundo es con su ejemplo.

Vista desde cierta perspectiva, una logia es una sociedad en miniatura. Se compone de personas con características personales muy diversas e ideas a veces encontradas. En ella, se “une lo disperso”. Además, necesita para funcionar de la buena organización de sus miembros y que estén dispuestos a tomar responsabilidades. Pero el pertenecer a ella implica también estar dispuesto a escuchar esas otras ideas y opiniones, ponernos en el lugar del otro, un ejercicio de autocrítica y un diálogo ordenado. Como en cualquier situación social, acaban surgiendo problemas entre sus miembros. La diferencia fundamental es la prevención y solución de los mismos. Los diferentes mecanismos rituales y normativos son complementados con algo crucial, la fraternidad.

Esta fraternidad nos lleva a empatizar, ver las cosas desde el punto de vista de nuestros hermanos y hermanas, escuchar lo que nos dicen con una actitud abierta y plantear nuestras opiniones y nuestras críticas sin herir y de forma constructiva.

En esta situación, aprendemos y desarrollamos nuestro ideal de sociedad. Y lo ponemos en práctica, aprendiendo de sus fallos. Buscamos incansablemente el desarrollo personal, para, como decía Gandhi, ser el cambio que queremos ver en el mundo. Porque aunque parezca difícil que una sola persona pueda cambiar el mundo, nuestro ejemplo puede hacer cambiar a otros, hacerles ver que otro mundo es posible, creando una red que aumente exponencialmente su efecto.

Pero, ¿de qué debemos dar ejemplo? Pese a que todos buscamos la perfección, esta meta es el fin de un camino que no acabará nunca. Todos somos viajeros en esta odisea, con nuestros defectos y nuestros demonios internos, que irán cayendo en el camino, pero surgirán otros contra los que deberemos luchar.
Sin embargo, esta voluntad de cambio, el reconocer nuestros errores, estar abiertos al diálogo y a la crítica (interna y externa) es el mejor ejemplo que podemos dar. Sin olvidar el núcleo de la masonería, la fraternidad.

Una fraternidad que se inicia en la logia, entre los hermanos y hermanas, pero que es un fuego cuya llama debe expandirse hacia todos los seres humanos, hasta alcanzar el mayor progreso social, el amor universal entre todos los seres.

Ariadna