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“Cuánto sentimiento emanado de los instrumentos es análogo al de la Virtud y al del amor del hombre!” dijo el orador de la logia La Beneficencia en su discurso de acogida a Mozart el 14 de diciembre de 1784, día de su Iniciación.
La música es esencial en masonería. En palabras de Pierre-Francois Pinaud: “Sólo ella puede sugerir lo indecible, volver inteligible el simbolismo y enriquecer la percepción de lo sagrado, por lo que acaba siendo superior a la palabra. Por eso es normal que la masonería, orden de carácter iniciático y simbólico, esté siempre rodeada de música”.
A partir de las Constituciones de Anderson en 1723, punto de arranque de la masonería especulativa, en las ceremonias se interpretarán cuatro cantos: “El canto del maestro, del Vigilante, del Compañero y el canto para la Recepción de los aprendices”.
No será hasta 1736, cuando Jacques Christophe Naudot, flautista y compositor iniciado ese mismo año, recopile todo el repertorio musical masónico de entonces en su obra: “Chansons notées de la trés vénérable confrerie des macons libres”.
En la segunda mitad del siglo XVIII las logias francesas jugaron un importante papel en la puesta en escena de una nueva organización de la música, formando una especie de tercer dominio entre la Iglesia y las Instituciones Reales que, de alguna manera, desarrollará una forma más libre de expresión y, por qué no decirlo, un buen caldo de cultivo para la Revolución.
Es en el siglo XVIII, al final del reinado de Luis XV, cuando la “Columna de Armonía” toma su nombre. Inspirada en la organización de los músicos militares de la época, estaba formada por instrumentos de viento. Sin embargo, aunque poseemos gran información sobre las ceremonias y rituales, apenas la hay sobre la música. Será Henri Joseph Taskin, compositor, pianista y autor de numerosas obras masónicas, el primero que, en su libro “Recueil manuscrit de musique maconique” describirá lo que era la Columna de Armonía en el XVIII: “La mayoría de partituras no eran para orquesta completa, entre otras cosas porque el espacio reservado para ella solo permitía la presencia de un cierto número de artistas”.
Formada generalmente por seis o siete instrumentistas (dos clarinetes, dos trompas, dos fagots y eventualmente un timbal), esta formación inicial fue sufriendo modificaciones y ajustes en función de la disponibilidad de músicos, tanto afiliados como visitantes a los que pronto se unirían un cantante y algunas voces más.
La elección de instrumentos que formaban la Columna nunca fue fruto del azar. Todos tenían su sitio en las diferentes ceremonias de logia: iniciaciones, elevaciones, instalaciones del colegio de oficiales, pues cada instrumento tenía su propio simbolismo.
Los músicos masones de finales de la Ilustración trasladaban a sus obras profanas no solo los principios sino también el simbolismo y los rituales de la franc-masonería, y de igual modo fueron introduciendo en logia instrumentos que en un principio no tenían cabida. El clarinete, con su versátil sonoridad, fue reemplazando a las trompas. Su timbre delicado y sensible era perfecto para los momentos clave de las ceremonias. Mozart en 1778, en una carta dirigida a su padre, dice: “Ah! Aunque solo hubiera clarinetes… Usted no creería el efecto maravilloso que puede dar a una sinfonía las flautas, oboes o clarinetes”.
El oboe, con su suave timbre, mitigaba y era perfecto para expresar alegría, amor o dolor. El violoncello, clave de bóveda de la música de cámara, la flauta, el arpa…
Mozart incluye el cor de basset, especie de clarinete bajo, en su Requiem y en la Música fúnebre masónica. De relativamente grave tesitura, acabará siendo emblemático en la música masónica.
El maestro de la Columna de Armonía, en ocasiones llamado “Arquitecto de Armonía”, es el encargado de elegir y preparar el programa musical a ejecutar en la tenida, repertorio que deberá contar con el beneplácito del Venerable Maestro (Presidente de la Logia).
Según Autexier en su obra “Mozart”: “La dramaturgia a seguir será siempre la misma: la idea del caos seguida de la noche, después, la marcha hacia la luz”.
La dinámica del ritual, su ritmo, empezando por los tres golpes de mallete anunciando la apertura de los trabajos, está en estrecha relación con la medida y el tiempo, lo mismo que en música. Las partituras masónicas, sobre todo en Mozart, están llenas de alusiones: “la armadura con tres bemoles (tonalidad de mi b mayor o do menor, cuyo dibujo forma una escuadra invertida, el intervalo de tercera (símbolo de armonía y serenidad), el ritmo ternario con motivos ascendentes marcando la marcha de Occidente a Oriente, las respuestas alternas, a semejanza del pavimento mosaico y en clara referencia al tránsito de las tinieblas a la luz”. Jacques Henry: “Mozart, hermano masón”.
De origen francés, la música masónica estará presente en todas las logias aunque con una clara diferencia: en los países católicos priman los instrumentos de viento; en las logias protestantes, triunfarán el órgano y después el armonium. En el siglo XIX esas pequeñas orquestas de cámara fueron sustituidas por la presencia del piano y del armonium. Hoy día, excepto en ceremonias en las que algún hermano o hermana músico interprete, son grabaciones elegidas expresamente por la Columna de Armonía las que acompañarán las ceremonias.
Los músicos masones han compuesto música para acompañar los rituales pero, al ser iniciados, su obra profana está también imbuida de los ideales y el pensamiento masónico. Las obras de Mozart, Sibelius, Haydn, Meyerbeer, Mendelssohn, Rameau, Satie…. en muchos aspectos no serían lo que son sin esta premisa.
Los músicos eran incansables viajeros, siendo habitual su presencia en países y logias de las que, en bastantes ocasiones, eran nombrados miembros de honor como sucedió con Franz Lizst tras su iniciación, sobre todo a partir de 1842, en Alemania y muchas ciudades francesas, llegando a poseer tres medallas masónicas de las entonces clandestinas logias rusas.
Junto a Mozart, y después de él, nombre relevante al referirnos a música específica para el ritual masónico es Sibelius, uno de los fundadores de la Gran Logia de Finlandia, de la que fue nombrado Gran Organista y una de las grandes figuras de la música del siglo XX. Nos ha dejado el maravilloso “Masonic Ritual Music”, obra que comprende todos los trabajos de logia. En principio nueve piezas vocales e instrumentales editadas en 1935. Destacado lugar ocupa su “Marcha fúnebre”, para órgano o piano. La poca difusión de estas obras fue debida a que el compositor no deseaba que trascendieran y se interpretaran en el mundo profano.
También tuvieron sitial en logia Louis Armstrong, Duke Ellington y sería interesante saber si su participación en los trabajos de logia, lo fue también en su calidad de músicos.
La selección musical, tanto en tenidas como en banquetes masónicos tiene por norma la intención de adecuarla al momento específico que acompañe. Si esa libertad ha existido siempre, es aún mayor en la actualidad.
La música potencia, pero esa capacidad puede volverse en contra si la elección no es adecuada. Siguiendo el buen principio marcado por nuestros predecesores: no debemos dejar que sea fruto del azar.

“De esta suerte tan dulce, tan gloriosa
Que cada hermano se felicite
Y que la logia retenga
Nuestros melodiosos acordes”
Jean-Christophe Naudot, “Chansons Noteés de la trés vénérable Confrérie des Franc-macons”, Paris, 1737.
Redacción Voces