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Fue en 1819 cuando aparece por primera vez la idea de “pensamiento único” en la filosofía con el mismo matiz peyorativo de hoy, como una estructura mental que no tiene en cuenta otros aspectos del discurso colectivo.

En la escuela de Frankfurt fue Marcuse quién hablo de “pensamiento unidimensional” con un enfoque muy parecido, en un contexto de crítica hacia la sociedad tecnológica. Para Marcuse es el resultante del “cierre del universo del discurso” impuesto por la clase dominante y los medios de comunicación.

Tal como el execrable Goebbels ya había aplicado durante el dominio nazi, Marcuse venía a decir que “El universo del discurso está poblado de hipótesis que se autovalidan y que, repetidas incesante y monopolísticamente, se tornan en definiciones hipnóticas”. Una mentira repetida cien veces puede llegar a  convertirse en verdad y si se repite un millón, en religión.

En nuestro entorno social, Ignacio Ramonet retomó el concepto de pensamiento ÚNICO recogiendo un ideal anticapitalista: “La traducción a términos ideológicos de pretensión universal de los intereses del conjunto de fuerzas del capital internacional.”

Relacionado con esta término y de parecida actualidad, es la idea de “posverdad” que alcanzó su mayoría de edad en 2001 cuando un periodista habló de un “ambiente político de posverdad y adjudicó al presidente de EE.UU. el término “presidencia de la posverdad” en su análisis de las falsas declaraciones de George Bush tras la caída de las Torres Gemelas.

Lo que define a la posverdad es que se continúan repitiendo sus ideas con fuerza, incluso aun cuando se pueda demostrar que estas ideas son falsas. La participación de España en la Guerra de Irak es un ejemplo paralelo de ello.

En esta sociedad de la posverdad, los rumores falsos, como las armas de destrucción masiva de guerra de Irak, se convierten en un tema nuclear en el que se camuflan las verdaderas intenciones de los grupos dominantes que en el caso de nuestro ejemplo, no era otro que dominar el petróleo de Oriente Medio. Con la etiqueta «posverdad» se ha calificado la campaña presidencial de Donald Trump o la campaña a favor de la salida del Reino Unido de la Unión Europea.

Pero todo este argumentario que es cierto en el escenario mundial, lo es también en el universo de nuestras vidas. Una buena parte de seres humanos tiende a unirse a un pensamiento dominante por muy variadas razones, que pueden ir desde alcanzar el sosiego deseado hasta obtener el reconocimiento del grupo con el que se quiere identificar. Para muchas personas no importa tanto ser parte de un discurso veraz cuanto sentirse seguro al compartirlo, y en ese estado de cosas pueden autoconvencerse de cualquier cosa.

En la España franquista, vencedora de la guerra civil y profundamente imbuida del fascismo dominante, se solía educar en el “no os deis a entender”,… es decir, pasemos desapercibidos y de esa forma nada molestará nuestra calma.

Este criterio vital es fabricante de personalidades cómodas para el sistema, que se van a identificar con facilidad con el poderoso y que se pueden abrazar a una u otra bandera, y encontrar la justificación para cualquier barbaridad. La barbarie nazi que todo el mundo sabía y nadie vio es una prueba de ello.

Pero mientras la filosofía hablaba del hombre unidireccional, también lo hacía de alteridad y de cómo la globalidad del pensamiento se debe encontrar en el espejo cuando reflejamos nuestra realidad. En términos generales, la “alteridad” se aplica al descubrimiento que el “yo” hace del “otro”. Este pensamiento, en lo social determina el ejercicio del consenso y en lo personal la necesidad de la crítica y el respeto a la discrepancia como pulsación creadora.

Cuando reina la voluntad de alteridad, la integración podrá ser armónica, una persona respetará a otra y ese diálogo, enriquecerá a ambos. La alteridad es por tanto una ruptura con el “uno mismo”, supone integrar la existencia de “lo otro”, para aceptar la de diversos mundos, dando cabida a la diversidad. En esto la naturaleza es sabía cuando determina la biodiversidad como razón y causa para el equilibrio en el medio natural.

En este estado de cosas, después de más de doscientos años de filosofía, de sociología y de política, en el que se han definido espacios de confort, de crítica y de progreso, la masonería ha acompañado en uno u otro extremo. Como obra de hombres y mujeres, manifiesta la misma necesidad de seguridad y de pensamiento dominante, y como reservorio de alteridad se mira en el espejo y busca la globalidad de una realidad que hunde sus raíces más allá de lo racional a través de la fisura que la iniciación abre en el espíritu humano. Este camino nos obliga a pensar diferente, de manera no convencional o, si se prefiere, desde una nueva perspectiva. Algo tan viejo como esto se ha convertido en técnica de consultores de administración que desde la década de los 70 emplearon el antiquísimo juego de los nueve puntos para enseñar las virtudes del pensamiento lateral.

Pensar fuera de la caja es tratar de pensar más allá y eso, en realidad, es lo que se deduce de la práctica del simbolismo.

Los/as masones/as que exploran juntos/as el vasto dominio del pensamiento, de la acción y del amor universal pueden y saben saltar dentro y fuera de esa caja simbólica para encontrar la forma de resolver el rompecabezas de estar vivo.

 

 

Gottlieb Giennium

“El olivo y la acacia” (Jaén)