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La Masonería considera que una de las más importantes herramientas para la transformación, liberación y mejora de las personas y de toda la sociedad es el Libre Pensamiento.

Pero ¿Qué es el Libre Pensamiento?: podemos afirmar que este es la facultad de ajustar nuestras opiniones, creencias y principios a la Verdad y a la Razón, pasando las ideas y sentimientos que nos bullen en la cabeza al tamiz de la realidad, de la lógica y del conocimiento, liberándonos de la tiranía de los dogmas, los prejuicios, las tradiciones, las autoridades, etc.

Analizar la información que tenemos, contrastarla, verificarla… Todo eso son los pasos que nos ayudan a que nuestros juicios, nuestras palabras y hechos sean imparciales y justos y a que, por lo tanto, seamos los dueños de nuestros pensamientos, de nuestras expresiones y nuestros actos.

Una de las tiranías de las que debemos librarnos para ser auténticos librepensadores es la tiranía de nuestras emociones: la rabia, el miedo, la tristeza, y también la euforia y el amor puede llevarnos a distorsionar la realidad y a pensar, decir y tomar decisiones falsas, injustas o que nos pueden traer consecuencias nefastas.

Las emociones son, sin duda, el motor de nuestras vidas, pero si nos somos capaces de controlar y domar nuestros sentimientos, seremos esclavos de ellas, y por lo tanto también lo será nuestro pensamiento.

Como el pensar libremente se basa en la realidad, la razón y el conocimiento disponible, es lógico que cambiemos de opinión, de creencia o de forma de actuar. El Libre Pensamiento es un proceso dinámico.

Pero de nada serviría esto si no pudiéramos expresarlo y actuar en consecuencia. Las libertades de pensamiento, de expresión, de reunión y asociación, de participación en el gobierno, etc. forman parte de la Declaración de Derechos Humanos.

Podemos afirmar, entonces, que la libertad de expresión complementa y es un vehículo indispensable para el libre pensamiento. Pero, ¿qué es lo que los diferencia?

Parafraseando a Quevedo, podríamos decir que la libertad de expresión consiste en el derecho a decir lo que se piensa.

Pero esto no garantiza que lo que digamos sea cierto o constructivo o liberador.

Sin duda no lo es si nuestro pensamiento está dominado por las pasiones, por la ignorancia, por la ambición y el fanatismo religioso, político, racial, etc.

¿Cuántas veces hemos dicho cosas que en aquel momento sentíamos o creíamos y luego, pasado el momento de acaloramiento, las hemos lamentado profundamente? ¿Cuántas veces hemos destruido y hecho daño con nuestras palabras? ¿Cuántas veces hemos mentido afirmando cosas sobre nosotros, otras personas o difundidos noticias que no eran ciertas?

Volviendo a Quevedo y cambiando el sentido de sus versos, “no siempre hay que decir lo que se piensa, a veces hay que pensar lo que se dice”, es más “pensar lo que se piensa”.
Juan de Mairena