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Cuando pienso en la construcción de la República, es decir del Estado, veo claro que como hombres y mujeres políticos tenemos el derecho y el deber de ser, estar y participar en su desarrollo. Reflexionando sobre la República, como organización de la sociedad; claro está, por mi formación académica, me retrotraigo al umbral, a la cuna de la construcción de la sociedad organizada en Estados, regulados por el pueblo, como entendemos este concepto los occidentales. Está claro: miro a Grecia.

Por encima de sus diferencias políticas, las ciudades griegas establecen un sistema de relación entre los individuos y el Estado basado en la ley, con el objetivo de defender al hombre, al ciudadano, de la violencia y la arbitrariedad. Un Estado libre y democrático, es aquel en el que la soberanía se sustenta en la ley y no en el gobernante. Así, el ideal de la polis sólo es posible con el sometimiento de los ciudadanos al imperio de la ley como afirmaba Píndaro: «La ley reina sobre todos los seres, lo mismo sobre los mortales que sobre los inmortales».

Este respeto reverencial por la ley sólo es posible con la promulgación de buenas leyes, «eunomía», con sabiduría, que buscan conseguir la concordia, «homonía», y la justicia, «diké». Y el ideal político se fundamenta en una vida en común, en la polis, en la que el mayor placer del ciudadano consiste en la participación en la vida pública: hacer política. Por curiosidad, sabed que el concepto «idiotes» designa a la persona que presta atención sólo a sus propios asuntos particulares, generalmente una persona de escasa formación o profano en asuntos de la polis.

La democracia pervive con instituciones determinadas por la rotación de los cargos, la designación de los magistrados por sorteo y la ampliación del cuerpo de gobernantes. Todos los ciudadanos participan en la vida pública, sin exclusiones por rango o riqueza. Así, Aristóteles, concluye que la polis es la única forma de gobierno posible: «La comunidad perfecta es la polis…, surgió para satisfacer las necesidades vitales del hombre, pero su finalidad es permitirle vivir bien… El hombre que, naturalmente y no por azar, no viva en la polis es infrahumano o sobrehumano».

Para mí, inspira reflexión y así os quiero hacer partícipes, leer a Platón, que después de muchos años he querido redescubrir. He buscado y encontrado, entre mis libros, la obra de Platón La República o El Estado. He hecho una relectura, he reflexionado y con las lógicas prevenciones que nos pueden dar las aportaciones que se han hecho con posterioridad a lo largo de la historia, me reafirmo en creer que el mundo clásico sigue siendo la base de todo, la clave de bóveda que sustenta todo el edifico filosófico de lo que hoy entendemos por República.

La polis, en su conjunto, tiene clara la necesidad de vivir en democracia. El hombre vive y participa en una organización política, y por tanto social, basada en el imperio de la ley y la igualdad ante la ley, como la única manera de defenderse de los abusos de quien detenta el poder, ya sea el gobierno o las mayorías. El fin: proteger los derechos fundamentales y las libertades civiles de los ciudadanos, de los que no puede distraerse nunca un gobierno legítimo. Y esto no lo he escrito pensando en la actual democracia española, lo he escrito siguiendo escritos básicos sobre organización política.

Bien, volvamos a Platón. Éste, en el libro La República analiza lo justo y lo injusto. Platón necesita demostrar la necesidad moral, tanto para el Estado como para el ciudadano, de regir la conducta de acuerdo a la justicia. Y cuando un griego habla de justicia, está refiriéndose a la virtud, a la idea del bien, principio de buen orden en las sociedades – en las repúblicas – y el las almas, origen de la felicidad pública y privada; principio del Dios de Platón.

Platón nos propone un juego diabólicamente sencillo. Considera la República un ente moral, en todo análogo a la persona, menos en sus proporciones no humanas. Para Platón, el ideal de una sociedad perfecta y feliz tiene su principio y fin, en que la política esté subordinada la moral. Y lo mismo demuestra en relación al alma, forma de gobierno individual de cada ser humano, que le lleva a la misma hipótesis – al mismo resultado – buscar el ideal de un alma humana intachablemente gobernada y completamente dichosa o feliz, ya que aspira a la virtud, ¡atención!, porque practica la justicia.

A partir de aquí, como consecuencia de este principio, el Estado y el Individuo, cuanto más actúen con principios contrarios a la justicia, más desorganizados, alterados o desgraciados serán. Cuanto más impere la injusticia, la sociedad y el individuo, más alejados estarán de la virtud y la felicidad. Así es la ley de las sociedades, organizadas en repúblicas, y de las almas/personas, en el gobierno interior de las mismas, donde la virtud va unida a la felicidad, como la desgracia a sus vicios.

Según Platón, esta ley de la naturaleza, tiene su sanción suprema en una vida futura, que le lleva a Platón a probar que nuestra alma es inmortal, como debería ser nuestro sistema de gobierno, es decir la republica bien gobernada por que practica la justicia, para la felicidad de sus miembros, la virtud.

Después he repasado a Aristóteles, en su Política y en La Constitución de los Atenienses, y otros escritos. A partir de Platón, del cual es discípulo, Aristóteles, ante las dos vías, la del sabio y la del político, hace el elogio de la vida contemplativa, como la única digna de ser vivida. De esta contemplación teórica el sabio encuentra la norma político – moral de la actitud ordenadora y práctica.

El hombre es un ser gregario por naturaleza y eso le lleva irremisiblemente a vivir en armonía. Pero el mismo Aristóteles nos dice que: «Un montón de gente no es una república». La naturaleza le concede al hombre exclusivamente la palabra, mediante la cual, diferencia el bien del mal y lo justo de lo injusto, siendo esto la principal característica que lo hace distinto de los demás animales. El gobierno de los hombres tiene una base filosófica en cuanto a que es útil para ser rectos en la vida práctica y política; ya que continuamente hay que juzgar lo que es justo, bueno, ventajoso y hay que regular la acción política. Con el discurso, Aristóteles propone o define al ciudadano por participar en la administración de justicia y en el gobierno; llegando a la feroz crítica de la radicalidad, en la que el soberano es el individuo o el pueblo y no la ley.

Esto nos lleva a ver cómo Aristóteles divide las formas de gobierno en puras e impuras, como distorsiones de las formas puras, según persigan el interés de uno o muchos. Así, dentro de las formas puras de gobierno están: La Monarquía, el gobierno de uno sólo. La Aristocracia, el gobierno de una minoría de hombres de bien. Y la República, el gobierno de la mayoría. Y dentro de las formas impuras o por encima de la ley, están: La Tiranía, que tiene como fin el interés personal del monarca. La Oligarquía, que persigue el bien personal de los ricos. Y La Demagogia, que busca el bien particular de los pobres.

Para Aristóteles el Estado más perfecto es aquél en el cual cada ciudadano puede, gracias a las leyes, practicar lo mejor posible la virtud y asegurar su felicidad La felicidad nunca puede estar acompañada del vicio, porque tanto el Estado como el hombre no prosperan sino a condición de ser virtuosos y prudentes, siendo el fin esencial de la vida de ambos, alcanzar este grado de virtud.

Solón, verdadero padre de la democracia ateniense nos dice que: «Hace falta saber obedecer para saber mandar. O que: La sociedad está bien ordenada cuando los ciudadanos obedecen a los magistrados y los magistrados a las leyes». Cuando la política practica la moral, la justicia, aparece necesariamente la virtud, la felicidad entre sus miembros.

Sin entrar en más conceptos de teoría política como la división de poderes de Montesquieu, del cual alguien osó decir que había muerto, y otros, y a la luz de lo expuesto, sólo de Platón o Aristóteles podemos ver que en el actual sistema de gobierno del Estado Español, tenemos más de un grave problema. Si lo natural para alcanzar la virtud, es decir la felicidad, es el comportamiento moral, es decir con justicia; no nos queda otra que cambiar el gobierno injusto.

El valor imperecedero de La República, de Platón o La Política de Aristóteles, más allá de los detalles de sus programas políticos y por supuesto educativos de sus conciudadanos y de nosotros, en tanto que sujetos políticos; consiste en haber hecho posible la tesis que justicia y felicidad, son lo mismo. Al situar, en el plano real, la teoría y la praxis en el mismo lugar: en la real idea del bien: practicando la virtud.

Y esto, nuestros gobernantes, tengo por seguro que no sólo no lo entienden y no lo aceptan ya que ni siquiera lo han leído, porque yo y los que me rodean no somos felices en nuestro devenir y participación social. Y eso sólo es posible por la gestión inmoral y amoral, es decir, siguiendo a Platón y Aristóteles, por el proceder injusto de quienes nos gobiernan. Quiero decir, que son unos idiotas en el sentido griego del término, al prestar atención sólo a sus propios asuntos particulares y no a conseguir la virtud de la polis y de sus integrantes: la felicidad.

PGP